Crecí en un hogar en el que se carecía de cordura, con un padre violento y adicto y una madre muy retraída, quien era una mujer maltratada y falta de aprecio. Me criaron para que fuera la madre pequeña y se esperaba que me encargara de la casa mientras mamá estaba en el trabajo.

 

Esa fue la única vida que conocí. Como niños que éramos nos mandaban a la iglesia todos los domingos y los miércoles para que nos comportáramos. De esa forma mi papá no bebería ni golpearía a la familia. De alguna manera, era nuestra culpa que él bebiera.

Me fui de casa y me casé con mi propio alcohólico. Cuanto más trataba de ser buena, más parecía menospreciarme el alcohólico. Me habían criado con la creencia de que era mi culpa que mi papá bebiera. Ahora era culpa mía que mi esposo alcohólico bebiera.

Cuando llegué a las salas de Al Anon y superé el constante llanto, empecé a escuchar a los demás expresar los sentimientos que llevaba dentro de mí de abandono, maltrato, baja autoestima, culpabilidad y de no tener cabida dondequiera que fuera. Sabía que había llegado finalmente a un lugar donde encontraría las respuestas a mis conflictos internos. Estaba cansada de que me culparan del comportamiento inaceptable de otra persona. Me comprometí a aprender sobre el programa de Al Anon. ¿Qué tenía que perder? Poco a poco, a medida que practicaba el programa de Al Anon a mi propio ritmo, pude entender los resentimientos, la amargura y la ira que quedaron en mí al sentir que me engañaron para despojarme de una infancia saludable. Hasta que pude superar cada experiencia dolorosa atrapada dentro de mí, la hermandad de Al Anon me alentó con palabras amables y cálidos abrazos.

El enfrentar los abusos de que fui objeto fue muy doloroso, pero sabía que si no reconocía esta parte de mi vida, estaría atascada de nuevo y no podría seguir adelante hacia una forma de vida más saludable.

Hoy en día, la fealdad del alcoholismo ya no domina mi vida. No soy el concepto distorsionado que el alcohólico tenía de mí. Soy digna de las cosas buenas de la vida, digna de amistades sanas y digna de saber que Dios realmente se preocupa por mí.

Por Nellie P., California
The Forum, noviembre de 2011
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